El libro del destino De todo lo humano y lo divino · Ted Morsilk 00:16 · Bienvenida al podcast Estás escuchando De todo lo humano y lo divino con Ted Morsilk. Aquí hablamos de cómo pensamos y cómo vivimos, de las ideas que han transformado nuestro mundo y de las creencias que siguen influyendo en nuestras decisiones. 01:00 · El autobús En 2011 se estrenó una película titulada Destino oculto, que en inglés se llamó The Adjustment Bureau. Está basada en un relato de Philip K. Dick de 1954 y la protagonizan Matt Damon y Emily Blunt. En ella, una organización de hombres trajeados y con sombrero vigila que la vida de cada persona siga un plan escrito de antemano. Ellos no deciden ese plan, solo lo hacen cumplir, y cuando alguien se desvía de él, intervienen para corregirlo. La escena clave ocurre en un autobús. Según el plan, el protagonista, un político llamado David Norris, tenía que perder ese autobús a una hora concreta, y uno de los agentes debía encargarse de que así fuera. El agente se queda dormido en un banco, no cumple su tarea y Norris sube al autobús a tiempo. Dentro está sentada la mujer que había conocido un tiempo antes y que, según el plan, no debía volver a ver. A partir de ahí la película cuenta cómo la organización intenta separarlos y cómo él intenta que no lo consigan. La película funciona porque refleja una sospecha que casi todo el mundo ha tenido alguna vez, la de que ciertas casualidades que nos cambiaron la vida quizá no fueron casualidades. Cuando una persona recuerda cómo conoció a su pareja o cómo consiguió un trabajo, es frecuente que diga que estaba escrito o que tenía que pasar. Sobre esto la psicología tiene algo que decir. En 1975, el psicólogo Baruch Fischhoff publicó unos experimentos en los que demostraba que, cuando conocemos el resultado de un acontecimiento, tendemos a pensar que era mucho más previsible de lo que realmente era. Él lo llamó determinismo progresivo, y hoy se conoce como sesgo retrospectivo. Cuando miramos nuestra vida hacia atrás, sabiendo ya cómo terminó cada episodio, nos parece que todo conducía de forma natural a donde estamos. Mientras la estábamos viviendo, en cambio, había muchas salidas posibles y no sabíamos cuál íbamos a tomar. Ese sesgo ayuda a entender por qué sentimos que algunas cosas tenían que ocurrir, aunque el recuerdo de lo que pasó no permita demostrar que estuvieran decididas de antemano. El episodio de hoy se titula El libro del destino y trata de la idea de que nuestra vida, o al menos una parte de ella, está decidida antes de que la vivamos. Recorreremos algunas de las respuestas que han dado las culturas antiguas, las religiones y la filosofía, y después veremos cómo se plantea el problema en la física y en los estudios del cerebro. También aparecerán los algoritmos y el cine, porque esta discusión sigue teniendo consecuencias en nuestra manera de vivir. 04:00 · Cuatro palabras que conviene distinguir Antes de empezar conviene aclarar cuatro términos, porque se usan muchas veces como si fueran lo mismo y no lo son. El primero es fatalismo. El fatalista piensa que ciertos acontecimientos van a ocurrir hagamos lo que hagamos. Da igual lo que decidamos, el resultado final será el mismo. Es la idea que aparece en muchos mitos y tragedias antiguas. El segundo es determinismo. El determinista no dice que el resultado sea independiente de lo que hagamos. Dice que lo que hacemos también está causado por algo anterior, y eso anterior por algo previo, y así sucesivamente. Todo lo que ocurre es efecto de causas que lo hacen inevitable. La diferencia con el fatalismo es importante. Para el fatalista, nuestras decisiones no cuentan. Para el determinista, cuentan, pero también ellas estaban determinadas. El tercero es predestinación, que es un término religioso. Se refiere a la idea de que Dios ha decidido de antemano el destino de cada persona, y en especial si se salvará o no. Y el cuarto es libre albedrío, la capacidad de elegir entre varias opciones de forma que la elección dependa realmente de nosotros. Aquí los filósofos se dividen en dos grandes grupos. Los llamados incompatibilistas piensan que si el determinismo es verdadero, el libre albedrío no puede existir. Los compatibilistas, en cambio, sostienen que ambas cosas pueden convivir, porque ser libre no significa actuar sin causas, sino actuar de acuerdo con lo que uno quiere y sin que nadie nos obligue. Esta segunda postura la defendió, entre otros, el filósofo escocés David Hume en el siglo XVIII, y obtuvo el apoyo de cerca del sesenta por ciento de los participantes en la encuesta PhilPapers de 2020. Esa encuesta reúne sobre todo a filósofos del ámbito académico anglófono, de modo que el dato tiene ese alcance. La diferencia entre estas posturas se aprecia mejor cuando vemos cómo han aparecido en la historia. 06:17 · Mesopotamia y Egipto En Mesopotamia, en una región que corresponde en gran parte al actual Irak, encontramos algunos de los testimonios escritos más antiguos sobre el destino. Allí se hablaba de la Tablilla de los Destinos, un objeto de arcilla que otorgaba a su poseedor autoridad para decidir el orden del mundo. En el mito de Anzu, un ser monstruoso con forma de ave roba la tablilla al dios Enlil mientras este se baña, y el universo queda sin gobierno hasta que el dios guerrero Ninurta la recupera. En el Enuma Elish, el gran poema babilónico de la creación, Marduk recibe de los dioses autoridad para enfrentarse a Tiamat y, tras vencer, se apodera de la tablilla que llevaba Kingu, el jefe de su ejército. En Mesopotamia se desarrolló también una tradición de observación de los astros y de interpretación de sus presagios que influyó en la astrología posterior. Durante siglos observaron el cielo y anotaron los fenómenos que se producían, porque creían que los dioses avisaban de lo que iba a pasar a través de los astros. Al principio esos presagios se referían al rey y al país en su conjunto. Los primeros horóscopos personales, calculados a partir de la posición de los astros en el momento del nacimiento de una persona, son del siglo V antes de Cristo. En Egipto existía un dios del destino llamado Shai, que acompañaba a cada persona desde su nacimiento. Había además una tradición según la cual siete diosas, las siete Hathor, anunciaban el destino de cada niño al nacer. Pero lo más conocido de la religión egipcia en relación con este tema es el juicio de los muertos. Según el Libro de los muertos, el corazón del difunto se pesaba en una balanza frente a una pluma, que representaba a Maat, la diosa de la verdad y el orden. Si el corazón pesaba más que la pluma, porque estaba cargado de malas acciones, el difunto era devorado por un monstruo y desaparecía para siempre. El juicio relacionaba así la suerte del difunto con su comportamiento durante la vida. 08:24 · Grecia, Roma y los estoicos En Grecia el destino se representaba mediante tres diosas, las Moiras. Cloto hilaba el hilo de la vida de cada persona, Láquesis lo medía y le asignaba su suerte, y Átropos lo cortaba en el momento de la muerte. La relación de las Moiras con Zeus varía entre los relatos y, en algunos de ellos, incluso su poder queda sometido al destino. Una de las obras griegas más conocidas que muestran esta idea es Edipo rey, de Sófocles. El oráculo de Delfos anuncia que Edipo matará a su padre y se casará con su madre. Edipo, que se cree hijo de los reyes de Corinto, huye de esa ciudad para evitar que se cumpla la profecía. En el camino mata a un desconocido en una pelea, que resulta ser su verdadero padre, el rey Layo de Tebas. Después llega a Tebas, resuelve el enigma de la Esfinge y como recompensa se casa con la reina viuda, que es su madre. Todo lo que hace para evitar la profecía es precisamente lo que la cumple. Es un ejemplo claro de fatalismo, tal como lo hemos definido antes. Los romanos llamaban al destino fatum, una palabra que viene del verbo latino fari, que significa «hablar». El fatum era, literalmente, lo que había sido dicho por los dioses y, por tanto, ya no se podía cambiar. De esa palabra vienen en castellano «hado», «fatal» y «fatalismo». Una de las reflexiones más influyentes sobre el destino en el mundo antiguo fue la de los estoicos, una escuela filosófica que nació en Atenas hacia el año 300 antes de Cristo y que tuvo mucho éxito en Roma, con autores como Séneca, Epicteto o el emperador Marco Aurelio. Los estoicos eran deterministas. Pensaban que el universo está gobernado por una razón divina, a la que llamaban logos, y que todo lo que ocurre está encadenado por causas. Sus adversarios les plantearon una objeción que se conoce como el argumento perezoso. Si todo está determinado, decían, no tiene sentido hacer nada. Si un enfermo está destinado a curarse, se curará llame al médico o no, y si está destinado a morir, morirá aunque lo llame. Crisipo, uno de los grandes maestros estoicos, respondió que eso es un error, porque lo que está determinado no es solo el resultado, sino también el camino. Si el enfermo está destinado a curarse, también está destinado a llamar al médico, y las dos cosas van juntas. Nuestras acciones forman parte de la cadena de causas. Esta respuesta permite entender por qué el determinismo estoico dejaba un lugar a la acción y se considera un antecedente del compatibilismo. 11:19 · La India y el karma Las tradiciones de la India ofrecen otras maneras de relacionar los actos con lo que nos ocurre. Una de sus ideas centrales es el karma, una palabra sánscrita que significa acción. Aparece en el hinduismo, el budismo y el jainismo, aunque cada tradición la entiende de una manera propia. En términos generales, las acciones tienen consecuencias para quien las realiza, tanto en esta vida como en vidas posteriores. En el budismo tiene especial importancia la intención con la que se actúa. Estas doctrinas se relacionan con el samsara, el ciclo de los renacimientos, en el que el karma contribuye a explicar las condiciones de una nueva existencia. Los actos anteriores pueden condicionar la vida presente, pero la conducta actual también cuenta. Por eso muchas enseñanzas sobre el karma insisten en la posibilidad de cambiar nuestra manera de actuar. Conviene evitar la simplificación de atribuir cualquier enfermedad o desgracia a algo que la persona hizo en otra vida. Las propias tradiciones discrepan sobre el alcance del karma y, en los textos budistas, se rechaza que todo lo que sentimos proceda de acciones pasadas. El texto más conocido sobre este asunto es la Bhagavad Gita, un fragmento del gran poema épico indio, el Mahabharata. Al comienzo de una batalla, el guerrero Arjuna ve que en el ejército enemigo están sus primos, sus maestros y sus amigos, y se niega a combatir. Su auriga, que en realidad es el dios Krishna, le explica que tiene que cumplir con su deber, que en sánscrito se llama dharma, sin apegarse a la recompensa ni a la expectativa de éxito. La enseñanza pide actuar con esa disposición, aunque siga siendo necesario atender a las consecuencias de los actos. Esta forma de actuar se llama karma yoga y ha sido una de las enseñanzas más influyentes de la espiritualidad india. 13:14 · China y el Libro de los cambios En China, el libro clásico más relacionado con el destino es el I Ching, el Libro de los cambios, cuyo núcleo se remonta aproximadamente al primer milenio antes de Cristo y al que se añadieron comentarios durante siglos. Se utilizaba como oráculo. Está formado por sesenta y cuatro figuras, llamadas hexagramas, cada una compuesta por seis líneas. Quien consulta el libro obtiene uno de esos hexagramas mediante un procedimiento al azar, con varillas o con monedas, y lee el texto que lo acompaña. Una manera habitual de interpretar el I Ching pone el acento en los cambios y en la respuesta de quien lo consulta. Describe la situación en la que se encuentra quien pregunta y la forma en que esa situación tiende a cambiar, para que pueda actuar de la manera más adecuada. Esto enlaza con una idea del taoísmo, la filosofía de Lao Tse, que se llama wu wei. Se suele traducir como «no acción», pero no significa quedarse quieto. Significa actuar sin forzar las cosas, de acuerdo con la forma en que se están desarrollando. Para el taoísmo, el sabio no intenta imponer su voluntad al mundo ni se resigna a lo que le toca, sino que procura entender en qué momento está y actuar en consecuencia. 14:41 · La Biblia y el judaísmo En las tradiciones bíblicas, la discusión sobre el destino se relaciona con la voluntad y el conocimiento de un Dios personal. El Salmo ciento treinta y nueve expresa que Dios conoce al ser humano desde antes de su nacimiento y utiliza la imagen de un libro en el que están escritos sus días. Para muchos creyentes, esa imagen comunica la confianza de que su vida es conocida y cuidada por Dios. El judaísmo también concede un lugar central a la elección y a la responsabilidad. En el siglo doce, Maimónides, el filósofo judío nacido en Córdoba, defendió que cada persona puede orientar su conducta hacia el bien o hacia el mal. El arrepentimiento tiene sentido precisamente porque podemos cambiar de comportamiento. La dificultad de conciliar esa capacidad con el conocimiento divino aparece dentro de la propia tradición judía. La relación entre el conocimiento divino y la elección humana también preocupó a los teólogos cristianos. Si Dios lo sabe todo de antemano, incluido lo que vamos a hacer, ¿somos libres? Y si no lo somos, ¿cómo puede Dios castigarnos o premiarnos? 15:48 · El cristianismo y la predestinación A comienzos del siglo V, san Agustín de Hipona se enfrentó a un monje británico llamado Pelagio. Pelagio defendía que el ser humano puede elegir el bien por sus propias fuerzas y salvarse gracias a su esfuerzo. Agustín sostenía lo contrario, que después del pecado original la voluntad humana está tan dañada que nadie puede salvarse sin la gracia de Dios y que Dios concede esa gracia a quien quiere. Las posiciones pelagianas fueron condenadas, mientras que la relación entre la gracia y la libertad siguió siendo objeto de discusión dentro del cristianismo. Un siglo después, el filósofo romano Boecio, mientras esperaba en la cárcel su ejecución, escribió La consolación de la filosofía, donde propuso una solución que tuvo mucha influencia. Según Boecio, Dios no conoce el futuro antes de que ocurra, porque Dios está fuera del tiempo. Para él todo es presente. Y del mismo modo que saber lo que alguien está haciendo ahora no le obliga a hacerlo, que Dios conozca lo que vamos a hacer no nos obliga a hacerlo. En el siglo XVI la discusión volvió con más fuerza. En 1524, Erasmo de Rotterdam publicó un tratado en defensa del libre albedrío, y al año siguiente Martín Lutero le respondió con otro titulado Del siervo albedrío, en el que negaba que el ser humano tuviera libertad alguna en lo que se refiere a su salvación. Juan Calvino fue todavía más lejos y defendió la doble predestinación, según la cual Dios ha decidido desde siempre quiénes se salvarán y quiénes se condenarán. En el lado católico hubo una aportación española importante. El jesuita Luis de Molina publicó en 1588 un libro en el que sostenía que Dios conoce no solo lo que va a pasar, sino también lo que haría cada persona libre en cualquier circunstancia posible y que con ese conocimiento organiza el mundo sin anular nuestra libertad. Los dominicos, encabezados por Domingo Báñez, le acusaron de dar demasiado poder al hombre. La disputa fue tan dura que el papa tuvo que intervenir. Después de casi diez años de debates en Roma, Pablo V la cerró en 1607 sin dar la razón a ninguno de los dos bandos y prohibió que se acusaran mutuamente de herejía. 18:12 · El islam y el decreto divino En el islam aparece la misma tensión. El Corán habla de la Tabla Preservada, al-Lawh al-Mahfuz, en la que está escrito todo lo que ocurre, y la creencia en el decreto divino, el qadar, forma parte de los seis artículos de fe tal como suelen formularse en la tradición suní. Pero el Corán también insiste en que cada persona es responsable de sus actos y será juzgada por ellos. En los primeros siglos del islam surgieron distintas respuestas a esa dificultad, entre ellas las de los mutazilíes y los asharíes. Los mutazilíes defendían que el ser humano crea sus propios actos, porque si no fuera así Dios sería injusto al castigarle. Los asharíes, una de las grandes escuelas teológicas del islam suní, sostenían que Dios crea todos los actos, pero que el ser humano los adquiere y se hace responsable de ellos. En la práctica, la tradición islámica lo resume con un dicho atribuido al profeta Mahoma. Un hombre le preguntó si debía atar su camello o dejarlo suelto y confiar en Dios, y el profeta le respondió que lo atara y confiara en Dios. Aunque la explicación religiosa es distinta de la estoica, en ambos casos la confianza en un orden superior deja espacio a la acción. Creer que todo está decidido no exime a nadie de hacer lo que le corresponde. 19:40 · Spinoza, Newton y Laplace Con la ciencia moderna, la pregunta por el destino cambió de lenguaje. Ya no se trataba de lo que habían decidido los dioses, sino de si las leyes de la naturaleza determinan todo lo que ocurre, incluidas nuestras decisiones. El filósofo holandés Baruch Spinoza, en el siglo XVII, fue uno de los primeros en defender un determinismo completo. En una carta escrita en 1674 propuso imaginar una piedra lanzada al aire que, mientras se mueve, adquiriera conciencia. Esa piedra, decía Spinoza, solo sería consciente de su propio esfuerzo por seguir moviéndose y creería que se mueve porque quiere. Lo mismo nos pasa a nosotros. Nos creemos libres porque somos conscientes de nuestros deseos, pero no conocemos las causas que nos llevan a desearlos. Para Spinoza la libertad no consiste en actuar sin causas, que es imposible, sino en conocer las causas que nos mueven y actuar de acuerdo con ese conocimiento. En 1687 Isaac Newton publicó sus Principios matemáticos de la filosofía natural, donde demostró que las mismas leyes explican la caída de los cuerpos en la Tierra y el movimiento de los planetas. A partir de Newton se impuso la idea de que el universo funciona según leyes fijas que se pueden expresar mediante ecuaciones. En 1814, el matemático francés Pierre-Simon Laplace llevó esta idea hasta el final. En la introducción de un ensayo sobre probabilidades escribió que una inteligencia capaz de conocer en un instante la posición y la velocidad de todas las partículas del universo y de calcular sus movimientos con las leyes de la física, conocería con total certeza tanto el futuro como el pasado. A esa inteligencia imaginaria se la conoce desde entonces como el demonio de Laplace, aunque él nunca la llamó así. Si Laplace tenía razón, todo lo que va a ocurrir, incluido lo que cada uno de nosotros hará mañana, está fijado desde el principio del universo. 21:38 · El caos y la física cuántica Durante el siglo XX, dos descubrimientos complicaron esta visión. El primero fue el caos. A finales del siglo XIX, el matemático francés Henri Poincaré ya había observado que en ciertos sistemas una diferencia mínima en el punto de partida produce resultados completamente distintos con el paso del tiempo. En 1963, el meteorólogo estadounidense Edward Lorenz lo comprobó con un modelo del clima en su ordenador. En 1972 dio una conferencia con un título que se hizo famoso: «¿Puede el aleteo de una mariposa en Brasil provocar un tornado en Texas?». De ahí viene la expresión «efecto mariposa». Lo importante es que un sistema caótico sigue siendo determinista, porque cada estado está causado por el anterior. Pero es imposible predecir su comportamiento a largo plazo, porque nunca podremos medir el punto de partida con la precisión necesaria. Determinado y previsible, por tanto, no son lo mismo. El segundo descubrimiento fue la mecánica cuántica. En 1927 Werner Heisenberg formuló el principio de incertidumbre. Una de sus expresiones estableció un límite a la precisión conjunta de la posición y el momento de una partícula, una magnitud que, en la física clásica, relacionamos con su masa y su velocidad. Ese límite pertenece a la propia descripción cuántica y no se debe simplemente a que nuestros instrumentos sean imperfectos. Además, en las interpretaciones que incluyen un colapso de la función de onda, el resultado de una medición se describe mediante probabilidades. Einstein expresó sus reservas ante el papel fundamental del azar en una carta a Max Born, escrita en 1926. El debate sobre la interpretación de la teoría continúa, porque existen propuestas deterministas, como la de David Bohm y la de los muchos mundos de Hugh Everett, que también buscan explicar los resultados de los experimentos. A veces se ha recurrido al azar cuántico para defender el libre albedrío, aunque introducir azar en una decisión no explica por sí solo que la controlemos. Si la elección entre dos opciones dependiera de un resultado aleatorio, todavía habría que explicar qué relación tiene ese resultado con nuestras razones y con nuestra capacidad de actuar. Por eso la física cuántica, por sí sola, no resuelve la cuestión. 24:06 · Libet y el potencial de preparación Si la física deja la cuestión abierta, la neurociencia ha intentado estudiarla directamente en el cerebro. En 1965, los neurólogos alemanes Hans Kornhuber y Lüder Deecke descubrieron que, alrededor de un segundo antes de un movimiento voluntario, aparece en el cerebro una actividad eléctrica que va aumentando poco a poco. La llamaron potencial de preparación. En 1983, el neurofisiólogo estadounidense Benjamin Libet publicó un experimento que se ha convertido en uno de los más discutidos de la historia de la neurociencia. Pidió a unos voluntarios que flexionaran la muñeca en el momento que quisieran y que, mientras tanto, miraran un reloj especial con un punto que giraba rápidamente. Tenían que indicar en qué posición estaba el punto cuando sintieron por primera vez la intención de moverse. Al mismo tiempo, Libet registraba la actividad eléctrica de su cerebro. El resultado fue que el potencial de preparación empezaba unos trescientos cincuenta milisegundos antes de que los voluntarios dijeran haber tomado la decisión. Dicho de otra forma, el cerebro parecía empezar a preparar el movimiento antes de que la persona fuera consciente de haber decidido moverse. 25:20 · La predicción cerebral y el veto En 2008, un equipo del que formaban parte Chun Siong Soon y John-Dylan Haynes utilizó resonancia magnética funcional para estudiar una elección sencilla. Los voluntarios debían pulsar un botón con la mano izquierda o con la derecha cuando quisieran. A partir de la actividad de ciertas zonas del cerebro, los investigadores podían anticipar la elección varios segundos antes de que la persona comunicara ser consciente de ella. El artículo hablaba de hasta diez segundos, teniendo en cuenta el retraso de la señal que registra la resonancia. La precisión rondaba el sesenta por ciento. Como había dos opciones, el azar habría dado un cincuenta por ciento de aciertos. El resultado indicaba que había información previa relacionada con la elección, aunque permitía bastantes errores y no demostraba que cada decisión estuviera fijada desde aquel momento. Estos experimentos se han presentado a menudo como una prueba de que el libre albedrío es una ilusión, aunque esa conclusión va más allá de lo que muestran. En el estudio de Libet, el momento de la intención depende de la estimación del propio voluntario, que resulta difícil de comprobar. También se discute qué representa el potencial de preparación. En 2012, Aaron Schurger y sus colaboradores propusieron un modelo en el que parte de esa señal se explica por fluctuaciones de la actividad cerebral que se acumulan hasta alcanzar un umbral. La forma gradual del potencial aparece al promediar muchos ensayos, de modo que su comienzo no tendría por qué señalar el instante en que se tomó una decisión. Además, pulsar un botón sin una razón concreta se parece poco a decidir si dejamos un trabajo o si nos mudamos de ciudad, cuando deliberamos y revisamos nuestras razones durante días. El propio Libet propuso que la conciencia podía intervenir para detener un movimiento cuya preparación ya había comenzado. Un estudio publicado en 2016, en el que participó Haynes, mostró que los participantes podían cancelar movimientos después de detectarse su preparación cerebral, siempre que la señal de parada llegara con suficiente antelación. En aquel experimento apareció un límite de unos doscientos milisegundos antes del movimiento. El resultado ayuda a estudiar la inhibición de una acción, aunque tampoco demuestra por sí solo que exista un libre albedrío independiente de las causas físicas. 27:29 · Sapolsky y Dennett Dos autores que han defendido posiciones distintas en este debate son Robert Sapolsky y Daniel Dennett. El biólogo y neurocientífico Robert Sapolsky publicó en 2023 un libro que en España se ha traducido como Decidido. Una ciencia de la vida sin libre albedrío. Su tesis es que cada decisión que tomamos es el resultado de lo que ha pasado en nuestro cerebro segundos antes, de nuestras hormonas en las horas anteriores, de nuestra infancia, de nuestros genes y de la cultura en la que hemos crecido y que, si se suman todos esos factores, no queda ningún espacio para el libre albedrío. Sapolsky extrae de ahí una consecuencia moral. Rechaza el castigo basado en la idea de que alguien merece sufrir por lo que ha hecho, aunque admite medidas para proteger a los demás y reducir daños futuros. En el otro lado está el filósofo Daniel Dennett, que murió en 2024 y que defendió durante décadas una postura compatibilista. Para Dennett, que nuestras decisiones tengan causas no las convierte en falsas. Una persona es libre cuando es capaz de pensar en las consecuencias de sus actos, de cambiar de opinión ante buenas razones y de controlar sus impulsos, y esas capacidades existen, se pueden medir y varían de unas personas a otras. 29:07 · Los algoritmos En el siglo XXI ha aparecido una forma nueva de prever lo que vamos a hacer, que no viene de la religión ni de la física, sino de las empresas tecnológicas. Cada vez que usamos un teléfono, una red social o una tienda en internet, dejamos datos sobre lo que buscamos, lo que compramos, lo que leemos y cuánto tiempo pasamos mirando cada cosa. Con esos datos, los algoritmos calculan qué es probable que hagamos a continuación. Un algoritmo no necesita saber con certeza lo que vamos a hacer. Le basta con acertar más a menudo que el azar, y con millones de usuarios eso puede resultar comercialmente valioso. Además, los sistemas de recomendación pueden influir en la conducta sobre la que hacen sus predicciones. Si un sistema calcula que es probable que nos interese un tipo de contenido, puede mostrárnoslo más a menudo y aumentar así las ocasiones de que lo elijamos. Cuando lo elegimos, el sistema lo registra como un acierto y refuerza esa línea. Así puede producirse un circuito en el que las recomendaciones influyen en las elecciones y esas elecciones modifican las recomendaciones posteriores. Su efecto depende del sistema, del contenido y de cada usuario. La socióloga estadounidense Shoshana Zuboff, profesora emérita de la Escuela de Negocios de Harvard, llamó a este modelo económico capitalismo de la vigilancia, en un libro publicado en 2019. Según Zuboff, el negocio de estas empresas no consiste solo en conocer nuestra conducta, sino en modificarla para que sea más previsible y, por tanto, más rentable. Desde el punto de vista del destino, esto plantea una pregunta nueva. Ya no se trata de si nuestra vida está escrita por los dioses o por las leyes de la física, sino de hasta qué punto las decisiones que tomamos cada día están condicionadas por sistemas diseñados por otras personas con intereses comerciales. 31:13 · Macbeth y Dos vidas en un instante La literatura y el cine han tratado el destino desde todos los ángulos que hemos visto. En Macbeth, de Shakespeare, tres brujas anuncian al protagonista que será rey. La profecía no le obliga a nada, pero Macbeth y su mujer deciden asesinar al rey Duncan para que se cumpla cuanto antes. La obra plantea si la profecía se habría cumplido sin el crimen, o si fue precisamente conocerla lo que llevó a Macbeth a cometerlo. Dos vidas en un instante, que en inglés se tituló Sliding Doors, es una película británica de 1998 en la que la protagonista pierde el metro por unos segundos. La película cuenta en paralelo las dos vidas que tendría, la que sigue si alcanza el tren y la que sigue si lo pierde. Así muestra hasta qué punto un detalle mínimo puede cambiar una biografía. 32:08 · Los viajes en el tiempo y el multiverso Las historias de viajes en el tiempo han tratado sobre todo el fatalismo. En el cortometraje francés La Jetée, de Chris Marker, de 1962, y en la película que se inspiró en él, Doce monos, de Terry Gilliam, de 1995, el protagonista viaja al pasado y descubre que lo que intentaba evitar ya formaba parte de su propia historia. La serie alemana Dark, estrenada en 2017, lleva esta idea al extremo. Muchos de los intentos de cambiar el pasado acaban provocando los hechos que los personajes querían impedir, igual que le ocurrió a Edipo. En Minority Report, de Steven Spielberg, estrenada en 2002 y basada también en un relato de Philip K. Dick, la policía detiene a las personas antes de que cometan un crimen gracias a unas predicciones. La película plantea qué justifica detener a alguien por un crimen que todavía no ha cometido y si conocer una predicción permite cambiar lo que anuncia. Hoy esa pregunta tiene más relación con los algoritmos de los que acabamos de hablar que con la ciencia ficción. Y en los últimos años se han hecho muy populares las historias sobre el multiverso, que imaginan universos distintos donde los personajes llevan otras vidas. Es una idea narrativa que no conviene confundir con una teoría física demostrada. La película Todo a la vez en todas partes, que ganó el Óscar a la mejor película en 2023, cuenta la historia de una mujer que descubre todas las versiones de sí misma que existen en otros universos. Al final de la película, la protagonista llega a la conclusión de que lo que da valor a su vida no es la cantidad de vidas posibles, sino la que vive realmente, con las personas que tiene cerca. 34:01 · Vivir sin saber A lo largo del episodio hemos visto que la palabra destino reúne problemas distintos. Los mitos hablan de un orden decidido por los dioses, las religiones discuten cómo conviven la voluntad divina y la elección humana, y la ciencia estudia las causas de lo que ocurre. Seguimos sin disponer de una respuesta aceptada por todos sobre el libre albedrío, en parte porque tampoco todos entienden lo mismo por libertad. Lo que sí sabemos es que nadie empieza su vida desde cero. La familia y el país en los que nacemos, nuestra herencia genética y las experiencias de la infancia influyen en lo que somos y en lo que decidimos, aunque no hayamos elegido esas circunstancias. En ese sentido, una parte importante de nuestra vida nos viene dada. Pero dentro de esos límites tomamos decisiones todos los días, y esas decisiones tienen consecuencias para nosotros y para los demás. Podemos pedir perdón o no hacerlo, ayudar a alguien o no hacerlo, controlar un impulso o ceder a él. Hay otra investigación que puede interesarnos cuando hablamos de cómo valoramos nuestra propia vida, aunque no sea una prueba sobre el destino. El médico Sam Parnia y sus colaboradores estudian las experiencias que recuerdan algunas personas reanimadas tras una parada cardíaca. En la segunda fase del estudio AWARE, publicada en 2023, se incluyeron quinientas sesenta y siete paradas cardíacas hospitalarias. Sobrevivieron cincuenta y tres pacientes y se pudo entrevistar a veintiocho. Once comunicaron recuerdos o percepciones que los investigadores clasificaron en distintas categorías. Algunos relatos de experiencias cercanas a la muerte incluyen una revisión de la propia vida y de sus relaciones con los demás. Estos testimonios merecen estudiarse, pero no permiten demostrar que exista un destino escrito ni que la conciencia continúe después de una muerte irreversible. Tampoco conviene extraer una conclusión moral general de una muestra tan pequeña. Reconocer cuánto influyen nuestras circunstancias puede ayudarnos a juzgar con más cuidado. Cuando alguien hace daño, seguimos necesitando proteger a los demás, comprender lo ocurrido y decidir qué respuesta puede evitar que se repita. Al valorar nuestra propia conducta también podemos distinguir entre aquello que podíamos cambiar y aquello que quedaba fuera de nuestro alcance. En octubre de 1967, Martin Luther King habló a unos estudiantes de Filadelfia sobre cómo querían orientar su vida. Para explicar la importancia de hacer bien un trabajo, puso el ejemplo de un barrendero y lo comparó con la dedicación de un pintor o de un músico a su oficio. Su argumento daba dignidad a una tarea que muchos despreciaban y recordaba a aquellos alumnos que el valor de su trabajo no dependía únicamente del reconocimiento que recibieran. Volvamos al autobús del principio. Cuando recordamos un encuentro que cambió nuestra vida, es difícil separar la casualidad de lo que hicimos después. Tal vez aquel día no pudiéramos elegir todas las circunstancias, pero sí hubo conversaciones, compromisos y decisiones que hicieron que la relación continuara. Sobre la existencia de un plan escrito podemos seguir discutiendo. Mientras tanto, tenemos que seguir tomando decisiones como si el destino dependiese de nosotros. 37:16 · Despedida del podcast Has escuchado De todo lo humano y lo divino con Ted Morsilk. Gracias por acompañarnos. Si quieres seguir escuchando el programa, puedes suscribirte y compartirlo con quienes tengan interés en estos temas. Nos escuchamos en el próximo episodio.